QUE DIFERENCIA A UNA UTOPÍA
LAS PRUEBAS FUNDAMENTALES
A estas alturas de la Historia, las viejas utopías han quedado
caducas. El mundo está demasiado lleno de gente y la convivencia entre
todos tiene que seguir otras normas diferentes a las de las viejas
utopías, porque aquellas nos hablaban de pequeñas ciudades apartadas,
autárquicas y sin relación con nadie. Quizá podríamos volver a
organizarnos en millones de pequeñas comunidades las cuales no tuvieran
ningún tipo de relación entre sí.
Mas esto resulta totalmente inverosímil. En el mundo hay mucha
gente, y aunque solo sea para dejarse en paz las unas a las otras, las
comunidades tienen relaciones entre sí. Como hemos visto en el
principio de la escala económica, en realidad tiene bien poca
importancia si en el mundo hay seis mil personas o seis mil millones, y
bien poca importancia si al hablar de miembros de la comunidad se habla
de personas o de grandes países. El tipo de relaciones que pueden
establecerse entre ellos y la legalidad que las regule han de ser los
mismos si se pretende que se presenten los mismos efectos de
estabilidad, justicia y armonía que se pretende que se presentan a
cierta escala cualquiera que el utopista haya usado como referencia
para describir la clase de mundo que propone. Si las personas pueden
convivir en paz y productivamente en una comunidad de cien habitantes,
porque siguen ciertas costumbres, entonces esas costumbres han de ser
válidas también cuando hablamos de cien naciones poderosas, y crear
entre ellas la misma clase de paz y armonía. Por el contrario, las
utopías que solo son válidas para un cierto número de personas, pero no
para una gran comunidad global de miles de millones, entonces, según el
principio de escala, tampoco funcionarían a la pequeña escala
propuesta. Es así de simple. No se puede pretender que las personas
actúan de distinto modo a las comunidades que las albergan, o que son
manipulables bajo otros principios, en lo que al concepto económico se
refiere.
La mayoría de los utopistas dedicaban mucho tiempo a describir el
urbanismo de las ciudades y detalles como los horarios de trabajo. Hoy
día ya no tiene sentido entrar en ese tipo de asuntos. MQué más da, en
el fondo, que cada cual trabaje cuando le parezca?. MQué más da, en el
fondo, como nos vistamos o si adoramos o no adoramos a un Dios?. Eso no
cambia nuestra relación económica con los demás, como no sea para
hacernos tener más simpatía por unos métodos que por otros. Las viejas
comunidades tribales construían complejos entramados filosóficos sobre
las relaciones del hombre con las cosas, marco en el que el trabajo
entraba como un factor más, regulado según la filosofía en cuestión.
Mas ha resultado evidente con los años que hacían lo mismo que todo el
mundo.
Esta es nuestra opinión: que en asuntos de economía, todas las
personas y todas las comunidades se comportan del mismo modo. Solo cabe
hacer diferencias respecto a los artefactos que utilizan en ella, tales
como el dinero, el seguro de desempleo, la jubilación, el fisco…Los
artefactos determinan el comportamiento de los sistemas económicos,
pero no modifican la esencia del proceso económico ni sus dependencias,
porque los principios que lo afectan son ineludibles.
En suma, al día de hoy no cabe hacer propuestas sobre utopías de
tal o cual tamaño. Antes bien, deben pasar la prueba de funcionar del
mismo modo a pequeña que a gran escala. Y tampoco cabe hacer propuestas
demasiado concretas sobre el desarrollo final de los actos económicos:
tiene que limitarse a ser un marco de referencia, un conjunto de
principios generales que inspiren y conformen reglas, costumbres y
juicios. De lo contrario, no existe forma en que los sistemas puedan
adaptarse a los diferentes condicionantes geográficos, históricos,
religiosos, etc. Por este motivo, para dar respuesta a los diferentes
fenómenos expuestos hasta ahora, no debemos concretar demasiado las
costumbres, sino meramente los mecanismos generales, casi abstractos,
que puedan particularizarse convenientemente en cada caso. Pueden
articular entre ellos una especie de armazón ideológico, pero nunca
debe concretarse como tal. Debe permanecer siempre como un conjunto de
pruebas a las que someter las costumbres reales, las leyes reales y las
comunidades reales.
Por supuesto que tiene sentido hablar sobre ciudades físicamente
más adecuadas. Incluso sobre tecnologías más adecuadas. Pero las
ciudades y las tecnologías obedecen a principios propios de la dinámica
urbana y tecnológica. Vale más separar los problemas y resolver estas
dinámicas por su lado. Los principios que se manifiestan en el fenómeno
económico, y las respuestas que les damos, valen igual para cualquier
ciudad física, mientras que los que se manifiestan en el fenómeno
urbano y sus consiguientes respuestas, valen igual para cualquier
sistema económico. Quizá hablemos algo sobre las ciudades y las
tecnologías, puede que incluso sobre algunas costumbres de la vida
privada, pero la tesis que se sostiene en este libro es que un marco
económico que funcione de un modo racional generará respuestas
adecuadas y racionales a cualesquiera problemas que se le presenten al
hombre en el orden de lo público, como lo urbano y lo sanitario,
mientras que un marco económico que funciona desmadejadamente, generará
respuestas absurdas a lo urbano, lo sanitario y a cualquier otro nivel,
y será capaz de malograr cualquier buena idea urbana, sanitaria o así.
Mientras que al contrario no sucederá. Ni siquiera una ciudad trazada
de modo absurdo, un territorio inhóspito, o una sanidad deficiente,
podrán malograr el funcionamiento racional del fenómeno económico
correctamente asentado en sólidos principios ideológicos. A menudo
sucede en el curso de la Historia que los pueblos se emocionan con un
nuevo artefacto y nombran a las cosas con derivados de la palabra con
la que lo designan. Está claro que nuestra economía es monetaria porque
usa el artefacto del dinero, y es capitalista porque se define el
artefacto capital. Pero incluso las economías más sencillas utilizan
muchos artefactos, pese a denominarse con palabras sencillas. Todo lo
que sigue en adelante en este libro son propuestas-artefacto. Ideas
particulares que responden a circunstancias parciales del fenómeno
económico. Convendría examinar si hay, detrás de ellas, una filosofía
común, un artefacto único que se materializa de distintas formas según
aquello a lo que se aplica.
Desde luego, hay una filosofía común y distinta en las
sugerencias que se exponen, aunque no me resulta fácil definirla. Como
se verá, en mi opinión la economía es solo un juego útil para nuestra
supervivencia, de modo que mi idea principal es justamente que siga
siendo útil, en lugar de convertirse, con el tiempo y por efecto de
fuerzas desconocidas e incontroladas, en la fuente de todos los
problemas o la excusa para no resolverlos. Gracias a los efectos
económicos se generan fuerzas que manipulan el estado previo de las
cosas naturales y nos presentan condiciones distintas de vida a las que
presentaría la naturaleza desnuda. Son fuerzas de las que nos podemos
aprovechar como nos aprovechamos del fuego.
Pero igual que éste pasa en un instante, de reconfortante foco de
calor y limpieza, a terrible monstruo que devora sin descanso y sin
control nuestros cuerpos, la economía, como recurso de vida que la
realidad nos presenta, puede escapar a nuestro control y empezar a
devorarnos. No creo que el que la fuerza económica ejerza una
influencia positiva o negativa sobre nuestras vidas dependa de nuestras
intenciones, como no creo que el fuego arrase nuestras casas y campos,
o solo sirva para cocinar y protegerse del frío, dependiendo de
nuestras bonitas intenciones.
El fuego es fuente de vida cuando se lo usa siguiendo ciertas
normas de seguridad. Y cuando estas normas se violan, solo obedece a su
propia naturaleza expansiva y devoradora. Las consecuencias negativas
del uso del fuego las impiden los cortafuegos, las calderas y los
materiales incombustibles que rodean el foco, y no las buenas
intenciones. Del mismo modo, el juego económico, libre para campar a
sus anchas, genera efectos desastrosos. Quienes pretenden dejar suelta
la economía es como si pretendieran hacer fuego en cualquier parte y de
cualquier manera.
Pero sobre todo, es una actitud irresponsable formar parte del
juego sin conocer en detalle tanto sus reglas como sus tendencias, como
sería irresponsable hacer fuego sin haberse enterado de cómo dominarlo.
Pero no creo que sea intrínsecamente complejo dominar el fenómeno
económico. Antes bien, creo que los artefactos que lo avivan y dirigen
son fáciles de comprender; y tampoco se necesitan tantos. Pero es
necesario respetarlos de forma escrupulosa.
Es la pregunta del millón si el fuego que arde en este momento
está o no bajo control. Después de leer lo que viene a continuación,
estoy convencido de que acordarán conmigo que el fuego está fuera de
control completamente. Pero también que cabe, en todo momento, y con
relativa facilidad, encauzarlo y reponer lo que ha consumido. Mientras
no consuma el Mundo, es tiempo aún de ponerlo a buen recaudo.
Desgraciadamente, se camina muy deprisa a un Mundo en llamas, porque el
fuego lleva suelto desde el principio de los tiempos.
Las propuestas que presento son normas de seguridad en el manejo
del explosivo material llamado economía, pero no son en esencia
restrictivas. En eso quiero insistir mucho. La intensidad del fuego no
tiene nada que ver, en este caso, con la extensión que quema. Es más,
algunas de las propuestas que expondré tienen a un tiempo el efecto de
limitar el alcance de los daños y favorecer la creación de riqueza.
Sin embargo, a medida que escribía, me pregunté porqué debería
haber tantas. El mundo ha puesto en marcha ya mecanismos de seguridad,
como se irá viendo; y es razonable preguntarse por qué no parecen haber
conseguido del todo su objetivo. La imagen que me viene a la cabeza es
la de un líquido que se contiene en una vasija. Mientras haya un solo
agujero en la vasija, el en potencia corrosivo líquido económico
seguirá escapando y poniendo en peligro al ser humano.
Pero Mes realmente así, y si lo fuera, como podríamos estar
seguros de haber tapado todos los agujeros? Además, Mpor qué empezamos
a usar este fuego en una vasija que tenía tantos agujeros previamente?.
Al dibujar una utopía, la pretensión es presentar una vasija segura, y
parecería como si me hubiera limitado a tomar una vasija que existe,
señalar sus agujeros y ponerles parches. Si esta utopía tuviera un nexo
común, deberían tener algo en común las propuestas acerca de la
propiedad definitiva, la garantía del trabajo, la fiscalización de los
recursos naturales, y la gratuidad de los bienes primarios.
Probablemente, si existiese una vasija de buena calidad, podría
observarse en ella como están tapados los agujeros de la nuestra.
Creo que la vasija solo tiene un único agujero de gran tamaño que
cualquier intento de taparlo parcialmente lo deja como está. La
economía se pone en marcha desde el momento en que existe
especialización del trabajo, lo que crea un recurso especial,
específico, que es la capacidad de modificar los dones de la naturaleza
para adecuarla a nuestras necesidades de una forma más segura y cómoda
de lo que lo podríamos hacer de todas maneras si estuviéramos solos
cada uno por nuestro lado; pero el punto débil de ese recurso es la
organización misma, que requiere un objetivo y un método. Desde el
mismo instante en que la participación en la especialización del
trabajo se convierte, por cualquier vía, en una obligación, es decir,
en un hecho predeterminado y no libre, las personas que participan de
ese juego dejan de garantizar que la organización responde a las
necesidades vitales de los seres humanos que la componen, lo que
evidentemente compromete no solo la vida de los que existen, sino la de
quienes podrían hacerlo en el futuro. La manipulación de los dones
naturales, tal como se nos presentan directamente, exige conocimientos,
los conocimientos aprendizaje, el aprendizaje, percibir las
consecuencias de los actos.
Si cualquiera pretende que una comunidad realmente responde a las
necesidades de todos sus miembros, entonces tendrá que admitir que la
preferencia de los miembros por pertenecer a ella sobre la alternativa
de no hacerlo es segura. Ahora bien, la única PRUEBA de ello es
asegurarse de que la pertenencia es realmente libre. Si la comunidad
complace a sus miembros, entonces sus miembros seguirán en ella, mas si
la abandonan, es porque realmente no les complace. Es necesario que se
garantice la posibilidad de abandonarla para asegurarse de que la
comunidad sigue complaciendo a sus miembros. Es como las garantías de
los productos. No se ponen para que los compradores devuelvan su
compra, sino para asegurarse de que el vendedor realmente se esfuerza
en responder a las expectativas de los compradores. Es un hecho que una
comunidad que obliga a sus miembros a pertenecer a ellos por la fuerza
necesariamente se desvía y corrompe.
Y no importa de qué clase de comunidad hablemos. Ahora bien, para
que el hombre sea libre de abandonar su comunidad, o cualquiera de las
muchas a las que puede pertenecer al mismo tiempo, es necesario
garantizar que puede acceder a los recursos naturales puros exactamente
igual que si la comunidad no estuviera ahí. Las comunidades deben
existir para aprovechar las virtudes de la reunión y el trabajo
especializado, pero jamás podrán cumplir este objetivo mientras su
puerta no esté perfectamente abierta. No es una cuestión de ética el
ofrecer la alternativa, es una cuestión de necesidad TECNICA. Todas las
presiones, roces y consecuencias negativas que una comunidad pueda
producir deben tener una vía de escape adecuada, o corromperán la
comunidad. Por lo mismo, la participación del ser humano en una
comunidad cualquiera debe ser una participación informada, y en
absoluto definitiva: no vale, como decían algunos pensadores, con que
uno, desde fuera y sin saber nada, pueda decidir si entra o no entra en
la comunidad. Es la posibilidad de SALIR lo que debe garantizarse, más
que la posibilidad de entrar. Y la comunidad debe garantizar que es
posible entrar en ella cuando se ha salido, por su mera supervivencia.
Si la comunidad no deja salir a los miembros, no solo no se puede
garantizar que les ofrezca una ventaja de supervivencia, sino que se
puede garantizar que dejará de hacerlo, mas si deja salir a sus
miembros, debe volver a dejarlos entrar, o irá reduciéndose y
desapareciendo paulatinamente. De modo que, incluso antes de entrar a
plantearse en qué consiste una comunidad, lo bien o mal que se está en
ella, o lo que ofrece o deja de ofrecer, la prueba principal que sirve
para determinar si tendrá continuidad y si ofrece realmente algo, es
que se pueda entrar y salir de ella al antojo de cada cual, porque si
no es así, es completamente seguro que algo no funciona en ella y que
si algo funciona, dejará de hacerlo.
Por otra parte, esta ley es de especial aplicación sobre los
recursos naturales. Puede demostrarse que si la comunidad no cede los
recursos naturales necesarios para la independencia de los que quieren
abandonarla, entonces es que no les permite salir de ella, y por lo
tanto, que la libertad de salir es falsa, que no podrá usarse y por
tanto, que la sociedad se corromperá y fracasará estrepitosamente. Esto
no es cuestión de doctrina, y no depende en modo alguno de las bondades
relativas que cualquier modelo social pueda ofrecer, es una mera
cuestión de hecho.
La teoría liberalista establece de un modo teórico que la
pertenencia a la comunidad es libre. Se pertenece a la comunidad cuando
se produce y se vende, y cuando se compra. Y en el modelo liberalista
es necesario asegurar que se compra y se vende libremente. Por eso la
teoría liberalista es tan potente. Ahora bien, la teoría liberalista no
se plantea el hecho de que el hombre, para ser libre de no participar
de una compra y una venta, necesita disponer de cierta cantidad de
recursos naturales que aseguren su supervivencia, los cuales, además,
no provienen de la producción del sistema liberal. Pero en el sistema
liberal se permite poner precio al acceso a ciertos recursos naturales
importantes, e impedir con ello que las personas que no participan del
juego de compra y venta, accedan a él. Fallo garrafal con el que el
sistema liberal se contradice a sí mismo en su pretensión de libertad y
con el que se gana la seguridad de funcionar mal.
La teoría anarquista, en un extremo, hace tanto énfasis en la
libre disponibilidad de los recursos naturales, para asegurar la
libertad del hombre, que niega la utilidad potencial de las
comunidades. Mas en realidad el espíritu que anima el anarquismo es el
mismo que el del liberalismo: hay que asegurar que el sistema, sea el
que sea, funciona, garantizando que el hombre es libre para vivir sin
participar en él.
La teoría socialista, sin embargo, jamás podría ser correcta,
porque empieza por imponer al hombre su modo de vida, y las acciones
que debe realizar. Parte de la base de la necesidad de asegurar la
supervivencia del hombre, pero se confunde sobre la viabilidad de esa
supervivencia si se basa en un sistema, por muy perfeccionado que
fuera, que no deja decidir al hombre su pertenencia a la comunidad, ya
que justamente transgrede el principio esencial de que es necesario
asegurar la libre pertenencia para garantizar el buen funcionamiento.
Por bien que se quisiera organizar el trabajo socialista, ya que los
hombres no son libres para abandonarlo, lo que es seguro es que ese
trabajo se desviará más tarde o más temprano hacia cualquier estado que
no garantiza para nada la supervivencia de sus miembros. Por otra
parte, la contribución del socialismo al pensamiento social es la FE de
que el hombre puede vivir mejor en una comunidad que aislado, pero esto
no tiene un gran mérito, porque también lo dice el liberalismo.
Prácticamente todos los utopistas han sido capaces de determinar
fallos en los sistemas en los que realmente vivían y proponer
soluciones en el seno de otros imaginarios, y seguramente tenían razón
en que esos sistemas resolverían aquellos fallos, pero todas las
utopías se han mostrado incapaces de evitar que surgieran otros de otra
naturaleza. Seguramente, el que surjan fallos en los sistemas es tan
natural como que haya delincuentes entre las personas. Lo más probable
es que sea inevitable que surjan delincuentes. Pero los sistemas
sociales tienen una justicia que limita la extensión del problema de la
delincuencia. De la misma manera, la libertad del hombre para abandonar
una comunidad no evitará que surjan fallos de pequeño calibre en su
seno, pero mientras el hombre pueda decidir libremente dejar de
participar en esos fallos, esos fallos serán corregidos por los que
están dotados para ello. La libertad para abandonarla es la garantía de
que la comunidad merece la pena en general y evoluciona para resolver
los problemas por los que algunas personas la abandonan, y esto, y no
otra cosa, es lo que garantiza que la comunidad funcionará de un modo
óptimo y prácticamente sin fallos. La falta de esta libertad garantiza
todo lo contrario. Y este es el punto que los utopistas han sido
recurrentes en pasar por alto.
Este espíritu de libre elección está en los espíritus liberalista
y anarquista. Pero el anarquista no puede proponer una alternativa real
de vida,, porque el hombre sabe que en una comunidad puede llegar a
vivir mejor, así que tiende a organizarlas. Tampoco el liberalista, una
vez que ha perdido de vista que la garantía de la libertad de comprar y
vender, puede ser solamente nominal si se transgrede, a base de ponerle
precio a la libertad humana, esa misma libertad que pretendía
sacralizar.
Según como cada comunidad funciona, y según los artefactos
económicos que emplea, la comunidad generará más o menos presiones
sobre el individuo para evitar que abandone la comunidad. Es necesario
inventar muchos artefactos que restituyan esa libertad si la comunidad
ejerce muchas influencias que tienen el efecto de coartarla.
Mi esperanza es que se entienda que todas las utopías que han
sido y pueden ser, salvo la anarquista, intentan hacer efectivo el
milagro comunitario, el milagro de que sea más fácil vivir en comunidad
que solo, pero hay que empezar por reconocer que la vida es POSIBLE sin
la vida comunitaria, y que garantizar que la comunidad deja realmente
libre esa posibilidad como alternativa, es el UNICO modo de garantizar
que la comunidad hará efectivo un milagro y no un horror. La calidad de
la vida comunitaria será tan auténtica, y no más, como la calidad de la
garantía de vida no comunitaria alternativa que ofrezca. Si una
comunidad respeta con absoluto rigor la calidad del medio ambiente que
utiliza, para garantizar que este medio ambiente está en condiciones de
soportar la vida libre y autónoma de la comunidad, entonces sus
miembros también disfrutarán de una calidad ambiental notable. Si la
comunidad respeta con rigor la independencia de un pequeño pueblo,
entonces vivirá en ausencia de un terrorismo separatista.
Evidentemente, que las personas abandonen una comunidad ES un
problema para la comunidad. Pero las personas abandonarán las
comunidades por los problemas que ésta genere. Los problemas por los
que las personas abandonan las comunidades, con mejor o peor humor, son
justamente lo que hemos llamado fuerzas centrífugas. Pero las fuerzas
centrífugas actúan sobre la comunidad y responden a fallos de objetivo
y método en la organización del trabajo, tanto si a las personas se las
permite abandonar la comunidad como si no. Lo que puedo asegurar es que
aquellos problemas que generan el deseo de desertar son mucho más
graves para la economía del círculo que el pequeño problema que
supondría la escasa deserción real que se daría en una comunidad en la
que la POSIBILIDAD práctica de desertar serviría para detectar y
resolver los problemas que surgieran antes de que alcanzaran una gran
magnitud.
Ahora bien, una vez asentado este punto trascendental de la
garantía de la independencia, se puede desarrollar un poco más el tema
y reconocer que la participación y la independencia pueden darse en
grados. En efecto, la comunidad no solo podría respetar el derecho a
separarse de la comunidad, y que cada cual se las viese él solo con la
naturaleza. Podría proporcionarle la oportunidad de encontrarse una
naturaleza aún más amable de lo que era al principio, una naturaleza,
por decirlo así, mejorada. Podría, por ejemplo, no solo dejar usar a su
libre albedrío una porción de tierra, sino dejarle una tierra con una
casa. La comunidad no solo podría dejar en paz las tierras en principio
baldías que la rodean, sino facilitar su fertilidad. El efecto sería,
lógicamente, que las personas aun tenderían más a marcharse de la
comunidad. Pero ésta es justo la clase de presión contra la que la
comunidad tiene que medirse para determinar su propia eficacia como
comunidad. Por eso decía que CUANTO MAS fácil sea marcharse de la
comunidad, cuanto más fácilmente pueda vivirse fuera de ella, tanto más
podrá asegurarse la perfección del sistema comunitario.
Por eso, no solo preconizo que las comunidades habiliten el modo
de abandonar la vida en la comunidad, sino que la favorezcan
activamente, dedicando una parte de su trabajo precisamente a mejorar y
sostener esa vida independiente.
Pero por si no fuera suficiente con demostrar que las comunidades
se corrigen y vuelven eficaces en sus propósitos de una vida
comunitaria mejor que la aislada, cuando la permiten y la favorecen,
existe un efecto más por el cual las comunidades deben hacerlo. La
razón es que las personas que han decidido abandonar la comunidad están
en mucha mejor disposición para descubrir y arreglar las deficiencias
que los miembros de la comunidad mismos. En efecto, ellos saben qué les
ha hecho marcharse de una comunidad dada que les ofrecía muchas cosas
que no podrán encontrar en su aislamiento. Pero las personas no
renuncian porque si a las cosas. Cuando las personas renuncian a los
dones de la vida comunitaria, y empiezan a vivir fuera, son
probablemente capaces de saber porqué. Para esas personas el problema
que les ha hecho marcharse es el obstáculo que encuentran en el
disfrute de los dones a los que se renuncia. Si su vida externa es
fácil, dedicarán tiempo de su vida a pensar en cómo resolver esos
problemas, incluso aunque ya no vivan con ellos. Cuanto más fácil sea
esa vida, más tiempo podrán dedicar a resolver el problema, y más
seguro es que le encontrarán una solución adecuada, con la que volverán
en la esperanza de volver a disfrutar de aquellos dones. La idea es
bien simple, y es que los problemas los resuelven con más facilidad los
afectados por ellos que los que no lo están, pero hay que permitirles
que vivan para hacerlo. De modo que la calidad de vida que una
comunidad pueda garantizar para sus desertores está en proporción
directa a la velocidad a la que los desertores volverán y resolverán el
problema por el que se marcharon.










