LA GARANTÍA TOTAL DEL TRABAJO REALIZADO
Estoy firmemente convencido de que de todas las fuerzas
centrífugas que existen, la más común, más insidiosa y más difícil de
manejar es la que genera la ineficacia jerárquica. De hecho, cuando
descubrí el principio de ineficacia jerárquica, durante un tiempo perdí
la esperanza de que ninguna sociedad fuera ni siquiera mínimamente
mejor que otra cualquiera. Al cabo, caí en la cuenta que algunas
propuestas que anteriormente había leído, permitían limitar su alcance.
Una de ellas, en efecto, es la garantía total del trabajo
realizado, lo que quiere decir que TODO trabajo debe tener su garantía,
y que esta garantía debe ser TOTAL. “Todo trabajo” significa
exactamente eso, y no cualquier otra cosa. Un trabajo es un objeto
industrial, pero también es una decisión gubernamental, un fallo
judicial, una labor de limpieza, un trabajo de pintura, una ley, un
viaje en taxi. Es cualquier actividad realizada por cualquiera en
cumplimiento de su labor social. Es cualquier cosa que se hace para
cubrir alguna necesidad de otro. Garantía es un concepto bien simple,
que es la obligación de reparar sin coste, o sustituir el trabajo
inservible, por otro que corresponda a las promesas de utilidad bajo
las que se realiza. Y hablo de garantía TOTAL porque la garantía
parcial y temporal es un mero engañabobos. Las cosas DEBEN por fuerza
tener garantía total, o no existe ninguna garantía en absoluto de que
las personas responderán de su trabajo y serán perjudicados por su
trabajo erróneo o engañoso, es decir, es la única forma de que sean
informados de las consecuencias reales de sus actos.
Sorprendentemente, es común en la Historia y también en nuestra
época que el acto de recibir un trabajo se convierta en una especie de
lotería. Uno recibe el trabajo y no puede dar más queja que la de no
volver a pedir ese trabajo, es decir, ejercer su derecho a no volver a
hacer un intercambio económico dado. El alumno que termina el curso sin
aprender nada, el multado que no puede reclamar la reparación de la
multa cuando demuestra que no ha cometido falta, el cliente harto de
reparar por enésima vez el mismo fallo de su automóvil, el dueño del
ordenador que se enfrenta al efecto Y2K, el espectador de una película
con cortes, el viajero del taxi al que le dan cien rodeos para llegar a
su destino…son ejemplos de personas que adquieren un trabajo de
alguien, y no encuentran forma de fijar de una vez por todas el coste
de esos trabajos, ya que justamente los mismos que deberían ser
responsables de esos fallos de trabajo, son los que continúan
obteniendo beneficio de sus fallos. En el fondo, el efecto de esta
propuesta y el de la anterior viene a ser el mismo: quien adquiere un
trabajo, sabe realmente su coste. Pero en este caso, no solo lo sabe
quien lo adquiere, sino quien LO REALIZA. Es fundamental que las
personas se vean perjudicadas por la mala calidad de su trabajo, sea
éste de la índole que sea.
Y eso significa que si el uso de un objeto requiere un uso muy
especial, el fabricante debe poner todo el cuidado humanamente posible
en que se le de ese uso y no cualquier otro, que si una ley compromete
la vida de unas personas, la vida de quien la dicta resulte también
comprometida, que si un partido promete puestos de trabajo, TIENE que
darlos. De lo contrario, la ley debería obligar a que el trabajador
advierta de forma pública y notoria la imposibilidad de dar tales
garantías.
MQuiere esto decir que cuando uno compra un ordenador, por
ejemplo, debe adquirir una garantía de que el ordenador funcionará PARA
SIEMPRE, o será reparado gratuitamente por el fabricante en cualquier
momento de la Historia?. No exactamente. En la práctica, los
fabricantes conocen (o debería obligárseles a conocer), cuanto tiempo
de vida media tienen los objetos que fabrican. Deberían dar garantía
por ese tiempo de vida, o de lo contrario, especificar cual es
realmente ese tiempo de vida media que ellos garantizan. Es el único
modo de que quien compra sepa realmente qué está comprando, y no se vea
decepcionado por ello (camino directo a la falta de compra). Pero
también es el único modo de que los fabricantes produzcan cosas que
tengan tiempos de vida RAZONABLES, y las personas no se pasen la vida
trabajando para reemplazar las cosas que deberían tener ya adquiridas,
malgastándose así las energías de los hombres y los recursos de la
naturaleza, generando basura de forma absurda, y dejando fuera del
círculo a los fabricantes que no alcanzan a fabricar chismes nuevos que
engañen (de nuevo) a los consumidores sobre sus posibilidades reales.
MQuiere este principio decir que todos los gastos de reparación o
sustitución deben correr a cuenta del garante?. Exactamente. Mientras
los gastos se compartan, seguirá sin haber una realimentación buena de
la información sobre el comportamiento de los trabajos hechos. Mientras
exista la más mínima oportunidad de que alguien cobre más por un
trabajo mal hecho que por uno bien hecho (trabajo más reparación contra
solo trabajo), en lugar de al revés (trabajo pagado contra trabajo
pagado menos gastos de REtrabajo), la calidad de todos los trabajos
seguirá siendo en general lastimosa. Parece mentira que todavía haya
gente que crea que la competitividad remedia este absurdo con el que
vivimos: si no fuera suficiente con el hecho contrastado de que la
mayoría de los trabajadores desconocen el significado de la palabra
competencia, es que muchos de los trabajos a los que nos referimos no
son en esencia competitivos, como ocurre con los trabajos de la
burocracia, los trabajos de enseñanza estatal (única clase de educación
garante de la estabilidad del sistema), los trabajos de profesionales
escasos, etc; pero aún más: Mqué clase de competitividad por el trabajo
bien hecho se establece si todo el mundo lo hace igual de mal - a lo
que se llama, eufemísticamente, hacerlo “según un estándar”-? Al
establecer un estándar, los fabricantes y jerarcas se aseguran que
todos lo harán igual de mal y no habrá realmente una diferencia entre
unos y otros, lo que les permite disfrutar tranquilamente de su trabajo
MAL hecho.
En cambio, el trabajo debe estar BIEN hecho, a todos los niveles
y en todos los estamentos, para toda clase de actividades y para toda
clase de personas que lo realicen, y si no, es quien realiza el
trabajo, y no quien lo recibe, quien debe correr con las consecuencias
negativas de su falta de pericia. Es la única forma de que las
jerarquías superiores empiecen también a recibir algo de las
consecuencias negativas que producen sus actos, y empiecen a ponerse en
orden.
Por tanto, esta propuesta está dirigida a limitar los efectos del
principio de ineficacia jerárquica, es decir, a limitar los lamentables
efectos de que las personas realicen actividades al tuntún y sin
recibir las consecuencias de los actos que realizan, de modo que siguen
realizando mal sus labores dentro de la comunidad, lo que evidentemente
no favorece por ningún sitio la marcha de ésta ni la confianza de la
gente en ella.
Como vimos antes, además, la garantía total del trabajo debe
cumplir y cumple otra función igualmente importante en una utopía, que
es asegurar que la participación en la comunidad sea conveniente aunque
sea temporal. Mientras los objetos comprados y los servicios recabados
puedan fallar o ser inútiles cuando les parezca, el individuo estará
forzado a continuar su relación con la comunidad (aunque no fuera
conveniente) y por tanto, o no es libre para establecer esta relación,
o realmente no existe garantía alguna de que la participación temporal
tenga ningún interés.
Por otro lado, en cierto sentido, garantía de trabajo y
obligatoriedad de diluir riesgos se confunden. En efecto, al adquirir
un bien con garantías, se adquiere un bien que es posible que falle.
Desde el punto de vista del que hace el trabajo, el fabricante o el
proveedor del servicio, parte de su producción falla, ha de ser
reemplazada y genera costes. La presión por mantener un precio bajo
hará que no pueda trasladar estos costes a los clientes, de modo que
hará todo lo humanamente posible por conseguir que no fallen (teniendo
una mejor calidad). Pero por lo que a él respecta, es como si existiese
un seguro de funcionamiento que tienen que pagar entre él y sus
clientes. En efecto, para aquellos a los que su adquisición no falle,
el producto ha adquirido un coste ligeramente superior, que viene a
cubrir el “accidente” imprevisible que falle la de otro. De este modo,
en realidad, la garantía total del trabajo y la obligatoriedad de
distribuir riesgos vienen a ser la misma cosa, y hace que esta
obligatoriedad funcione exactamente como en el capítulo anterior
decíamos que debía hacerlo: paso a paso, haciéndose efectiva solo
durante el instante de la relación económica, pero en ningún otro
momento. Evidentemente, el concepto de dilución de riesgos va un poco
más allá, al tener en cuenta no solo el funcionamiento de la máquina,
sino los riesgos que su uso pudiera ocasionar, al tener que cubrir no
solo el mal funcionamiento o invalidez del producto, sino los daños que
un accidente del que participe ocasionara.
Cuando veamos el principio de responsabilidad ascendente, se
entenderá también otro aspecto importante de la garantía total
(incluyendo riesgos derivados), que es el de que a través de esta
garantía total el proveedor de un servicio no solo recibe las costes de
su producto, sino de todo lo que su producto acarrea indirectamente, lo
cual es necesario para que asuma como suyas ciertas consecuencias
incluso aunque no sean del todo responsabilidad suya, pero si en parte.










